Artículo escrito por el Maestro Atsuo Hiruma para el Boletín Shotokai España

Madrid, 1990


En los primeros días de Octubre de 1980 recibí una carta de Japón, remitida por la señora del Maestro Egami, cosa que me extrañó ya que las cartas que recibía siempre eran del Maestro. En el aeropuerto me esperaba mi amigo Miyamoto, con el que me fui directamente al hospital. Al llegar, entré a la habitación y me encontré al Maestro rodeado de tubos por todo el cuerpo, le cogí la mano y grité «¡Maestro estoy aquí. Soy Hiruma. He venido de España! Sensei». En la carta me comunicaba el ingreso en el hospital del Maestro, lo que hizo que urgentemente llamase a mi compañero Miyamoto en Japón. Él me comunicó que el Sensei había tenido un ataque cerebral con perdida total del conocimiento. Mi deseo en ese momento era ir rápidamente a Japón pero me resultaba bastante difícil debido al excesivo coste del viaje, pero tengo que decir que al difundirse la noticia me llegó el dinero necesario desde todas las partes de España. Por ello pude realizar el viaje a Japón bastante rápidamente. «¡Sensei, Sensei!» le repetía en voz alta y él cogiéndome la mano me la apretó ligeramente. El hospital nos permitía pasar la noche en los pasillos y junto con mi amigo Miyamoto pasé dos noches velando al Maestro ya que sólo permitían 5 minutos diariamente y era mucha gente quien quería verlo.

La semana de mi estancia se pasó más rápidamente de lo que yo hubiese deseado, mi Maestro se encontraba bastante enfermo y yo no sólo no podía hacer nada por él, sino que más encima me tenía que marchar. El último día visité al maestro nuevamente y hablé con él, estaba seguro que, aunque inconsciente, él me oía y sentía, y le dije: «Usted me prometió hacer un libro sobre Kumite y tiene que acabarlo, no nos puede dejar solos ahora, le prometo que volveré en Navidad y espero que esté totalmente recuperado», pero él seguía apretándome la mano suavemente. Estaba totalmente seguro que me estaba entendiendo y recibiendo toda la energía que yo le estaba intentando transmitir hasta mi vuelta.

En Navidad regresé a Japón, tres meses después, y esta vez acompañado por los señores Kimura y Higashio. Al llegar a Japón fuimos directamente al hospital. El estado del Maestro seguía siendo el mismo, le cogí la mano y le estuve hablando: «Sensei, por favor recupérese cuanto antes», pero él seguía apretándome ligeramente la mano. Así pasaron tres semanas, y ya nos quedaban pocos días de estancia.

El día 7 de Enero fui al hospital con la señora y Miyamoto, y al llegar al médico que era alumno del Maestro salió a nuestro encuentro diciéndonos: «¡Milagro! ¡Milagro!, el Maestro ha recuperado el conocimiento».

Primeramente entré yo, pero no sabía qué decirle porque no podía creer lo que veía. Durante cuatro meses había estado recibiendo comida artificialmente, él me miró fijamente y me volvió a coger la mano fuertemente, muy fuertemente intentando hablarme aunque no podía. Yo creía entenderle lo que me estaba diciendo, me estaba agradeciendo que yo hubiese venido desde tan lejos, a la vez que intentaba decirme que lo que tanto había deseado, que estuviese con nosotros, ya se había cumplido y a partir de ahora podría enseñarnos muchas cosas más.

Aquel día todos salimos muy contentos del hospital, porque el maestro había vencido por tercera vez la misma situación. Al día siguiente, día 8, salí de casa bastante temprano para reunirme con mis amigos, pues apenas, desde que llegué, los había visto. Ese día precisamente no había dejado aviso donde me podían localizar, debido a mi falta de preocupación por la salud del Maestro, ya que la alegría y confianza en su recuperación eran más fuertes que en lo que todo momento anteriormente me unía a él. Aproximadamente a las 12 de la mañana y de repente el estado del Maestro empezó a empeorar y todos los discípulos importantes acudieron al hospital. El maestro Miyamoto intentó constantemente localizarme pero no le fue posible porque yo estaba con mis amigos orgulloso de la fuerza de mi maestro que por tercera vez se había recuperado, hablaba de su espíritu y su gran energía. Además me encontraba muy cerca del hospital donde su vida se estaba apagando.

Los médicos intentaron utilizar todos los métodos posibles para salvar la vida del Maestro pero por la tarde su luz se apagó. Al regresar a casa ya bastante tarde mi madre me dijo que el maestro Egami había muerto, y que Miyamoto había llamado varias veces intentando localizarme ¡No, no es posible! grité en ese momento. Sin entrar en mi casa me dirigí al hospital donde ya estaba lleno de gente y al entrar en la habitación ya sólo encontré una tela blanca encima de su cara. Entones me di cuenta que el Maestro había despertado para hablarme y comunicarme lo que yo durante todo ese tiempo cuando estaba dormido le intentaba preguntar. El despertó del sueño de la muerte sólo para decirme:

«Hiruma, yo intento recuperarme y entrenar con todos vosotros pero no puedo porque mi energía se acaba. Tengo muchas cosas que enseñar os pero ya os he guiado hasta un punto a partir del cual podéis caminar más y más lejos. En España hay muchos profesionales, con ellos investiga y descubriréis lo que yo siempre he intentado enseñaros.»

Todo esto me lo estaba diciendo cuando me sujetaba mi mano, pero tuvo que despertar para recordarme algo que yo debería haber sentido. Siempre había pensado que si mi Maestro le pasaba algo yo estaría a su lado para agradecerle todo lo que había hecho por nosotros, pero debido a que me faltó en el momento preciso el Kimochi no pude realizar lo que siempre deseé. Si hubiese estado unido a mi Maestro en todo momento me hubiese dado cuenta lo que intentaba decirme en cada instante. Desde que llegué a Japón él se estaba comunicando conmigo y fue el ansia que tenia de ver recuperado a mi Maestro lo que hizo que mi Kimochi se separase del suyo y por eso ese día que salí de casa no dejé la dirección donde me hubiesen podido localizar.

Algo que siempre nos repetía el Maestro era que sin Kimochi era imposible realizar un Arte Marcial y que por mucho que consiguiésemos nunca veríamos el límite.

Todos mis alumnos de España, Portugal e Italia tienen bastante Kimochi, pero me temo que es bastante individual, os lo guardáis para vosotros mismos. El verdadero Kimochi lo tenéis que tener con todos los que os rodean, porque poseerlo supone la renuncia a todo egoísmo y la suma de todas las generosidades. Tened siempre en cuenta que cualquier Karateka no es siempre bueno sólo por lo que hace técnicamente, sino por lo que proyecta, por lo que reparte a los demás. Un buen Karateka no es una persona que todo lo realiza técnicamente bien, sino una persona cuyo Kimochi es tan grande que todos los que le rodean se pueden alimentar de él y precisamente así era mi Maestro Egami del que todavía me sigo alimentando.

ATSUO HIRUMA